Hace poco vi una imagen compuesta por
una mamá y su hijo. Ella le pregunta: “¿Qué más quieres que te dé?” Y el
hijo, sentado, sosteniendo un videojuego o un celular, en un cuarto lleno de
juguetes y desorden, responde: “Un no.” La escena es elocuente: lo que
el niño demanda es, precisamente, un NO que su madre no ha logrado
darle. La colega que compartió la imagen escribió al respecto: “Para
disponer del SÍ es necesaria la construcción del NO.”
Dicha imagen y reflexión de la colega
de inmediato me llevaron a un texto que leía hace algunos años y pensaba en su
pertinencia. Se trata de La importancia del “NO” en la estructuración
psíquica, de la psicoanalista Myrta Casas de Pereda.
Suele asociarse el NO con la
prohibición, con los límites, o con la idea de frustración. Tanto así que
existe una corriente que sostiene que decirle “NO” a un niño puede
traumatizarlo o limitar su desarrollo, y que, por lo tanto, habría que
evitarlo. Sin embargo, el texto de Casas de Pereda propone una lectura radicalmente
distinta: el NO es una condición estructural, un operador
simbólico fundamental para la constitución psíquica del sujeto.
Sabemos que nacemos en total
indefensión. Freud retoma este hecho para subrayar lo indispensable que es la
presencia de un otro —madre, padre u otra figura— que sostenga al cachorro
humano física y psíquicamente. Desde el psicoanálisis, la indefensión es
una marca constitutiva. Casas de Pereda lo expresa así:
“La indefensión es la marca a fuego de
la ontogenia que organiza las múltiples y sutiles redes donde el sujeto, para
acceder a su propio deseo, necesita ser deseado y sostenido metafórica y
literalmente por sus padres.”
La constitución psíquica —y también la
corporal— de todo ser humano se da siempre en relación con un otro, con
quienes encarnan la función materna y paterna. Recuerdo a la psicoanalista Nora
Colome, una maestra muy apreciada, ejemplificando cómo un niño es cargado en
brazos, cómo se le habla o se le arrulla, cómo se le ofrece el pecho o el
biberón. Así se va trazando un cuerpo, mediante el tacto, la voz, los
gestos y las palabras: todas ellas marcas psíquicas primarias.
Casas de Pereda nos recuerda que en el
núcleo de la estructuración psíquica no hay una afirmación plena, sino un juego
de presencia y ausencia. El ejemplo más difundido es el Fort-Da
descrito por Freud: el juego del carretel que el niño lanza y recupera para
tramitar la angustia ante la ausencia de su madre. Pero Casas de Pereda subraya
que este juego es posible porque antes fue inscrito por la madre, que ya
había jugado con el niño a “estar y no estar”. Este juego constituye la inscripción
originaria del NO como operador simbólico, el “meollo de la estructuración,
[…] un juego de presencia‑ausencia que vuelve consistente el símbolo de la
negación.”
Se trata de un NO que aparece primero
como experiencia, no como palabra: la madre que juega a aparecer y
desaparecer, que nombra la presencia y la ausencia y las convierte en vivencia.
Lo que se inaugura allí, dice Casas de Pereda, es que “algo puede faltar”. Ese
reconocimiento de la falta es lo que pone en marcha al sujeto, lo que hace
posible el deseo.
Cuando este NO ha sido introducido,
señala la autora, se introduce también la división subjetiva. El niño
deja de estar con-fundido con el objeto y comienza a diferenciarse. “Éste sería
el pivote esencial en la constitución de la división del sujeto y la
organización de las instancias.”
Aquí el NO no es negación de la vida,
sino condición de posibilidad del deseo. Solo cuando no todo está
garantizado, cuando la presencia no es absoluta, el deseo puede surgir.
Casas de Pereda recurre a la
dialéctica hegeliana para subrayar que lo negativo no equivale a la nada, sino
que es una fuerza creadora: “La negatividad no es igual a la nada, sino
que es acción creadora.”
Lo negativo implica un trabajo
psíquico: separar, discriminar, perder, simbolizar. Ese trabajo transforma
lo natural en historia personal. En palabras de la autora: “La acción
negadora en Hegel es trabajo, y trabajo es transformación. Nada menos que de
ser natural adviene hombre.” Desde Freud podemos decir: lo natural se
trastoca para que el cachorro humano advenga sujeto deseante.
Casas de Pereda propone tres modos
del NO en la estructuración psíquica, que se articulan entre sí:
- El “no” discriminativo: el más temprano, presente en el
discurso materno, permite diferenciar lo que está y lo que no está, lo
bueno y lo malo, el adentro y el afuera. Está ligado al juego de presencia-ausencia
(fort-da).
- El “no” de la prohibición: introduce el límite y la ley. No
solo protege de riesgos, sino que inscribe la prohibición del incesto,
fundamento del complejo de Edipo y del lazo social. De aquí se organiza el
superyó y la represión.
- La negación (Verneinung): forma más compleja del NO,
propia del lenguaje. “La negación es el sustituto intelectual de la
represión.” Cuando el sujeto dice “no”, algo reprimido retorna en el
discurso.
Algo que atraviesa a estas tres
modalidades del NO es su relación con la pérdida y con las posibilidades
de simbolización. No hay simbolización sin pérdida, ni sujeto sin atravesar
esta experiencia:
“Se vuelve necesaria una experiencia
reiterada de la pérdida para organizar el objeto, cada vez, y por ende el sujeto.”
El juego, los objetos transicionales,
las ilusiones infantiles, los mitos y las creaciones culturales son modos de
escenificar la pérdida para simbolizarla.
Hoy, como señalan psicoanalistas e
investigadores de diversos campos, vivimos en una época que tiende a no
querer saber de la pérdida: hay una negación masiva de las experiencias que
la vida inevitablemente conlleva. Por ello, la pregunta por el NO como
operador estructurante se vuelve imprescindible: ¿qué ocurre hoy con el NO
discriminativo y con el NO de la prohibición? ¿Qué ha ocurrido —y ocurre— con
las condiciones mismas en las que se da la estructuración psíquica?
Quizá estemos ante una ausencia del
NO en su función fundamental.
***
La escena del niño que pide un “no” a
su madre funciona —diría— como una metáfora precisa de lo que desarrolla Casas
de Pereda: sin ese NO inaugural —primero vivido en la experiencia de presencia
y ausencia, luego en los límites y finalmente en la palabra— no puede
estructurarse el deseo ni la subjetividad. Lo que en la imagen aparece como la
incapacidad adulta de poner un límite, en términos psíquicos señala algo más
profundo: cuando el NO falta, no solo se desdibuja la función de sostén, sino
que también se interrumpe el trabajo simbólico que permite al niño
diferenciarse, tramitar la pérdida y convertirse en sujeto. Recuerdo incluso
una pequeñita que, al entrar en una juguetería, y ante la pregunta de qué se le
antojaba, respondía simplemente “nada”: un gesto que mostraba, a su manera, la
misma dificultad para desear cuando el NO no ha sido inscrito. Por eso, más
que un obstáculo, el NO es condición de crecimiento; su ausencia no libera,
sino que empobrece la vida psíquica.
***
Psic. Mauro Cruz Mtz.
Referencia: Casas de
Pereda, Myrta (1999). “Importancia del NO en la estructuración psíquica”. En EN
EL CAMINO DE LA SIMBOLIZACIÓN. Producción del sujeto psíquico. México-Buenos
Aires: Paidos.
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