Las y los adolescentes actuales,
es decir, del siglo XXI, son diferentes de las generaciones anteriores. Hoy en
día las pantallas (celulares, tabletas, computadoras) forman parte de la vida diaria.
Tan así, que ya no es posible una distinción tajante de la vida virtual. Estas pantallas,
nos dice el psicoanalista José Ramón Ubieto, ofrecen a las y los adolescentes
oportunidades pero también riesgos. Agrega que hay una tendencia a pensar y
decir que todos los adolescentes son adictos porque pasan muchas horas frente a
las pantallas. Nos recuerda que la palabra adicto significa: sin palabras. Y justo
las y los adolescentes utilizan esas pantallas para comunicarse. Así que, nos
dice el psicoanalista, en realidad debemos leer la vida de los adolescentes del
siglo XXI con las claves del siglo XXI, y no juzgarlos con criterios pasados. Eso
implica entender la relación de las y los adolescentes con las pantallas y en
el contexto social actual. Nos dice Ubieto que “Conviene entender esa relación
como la de los amantes con un objeto: puede ser toxica, puede ser dependiente,
pero también [puede ser y es] un espacio de búsqueda”. Llamar adictos a los
adolescentes sin más, es criminalizarlos.
Ante la pregunta: ¿deben prohibirse
los celulares y redes sociales? Existen argumentos a favor y en contra. Hay quienes
piensan que prohibirlos es un fracaso de la educación, que en realidad se trata
de enseñar a usar las tecnologías y no restringirlas. ¿Son acaso el acaso el
celular, las redes sociales, las plataformas que tiene como objetivos a los
adolescentes, objetos neutros y pasivos? El documental dramatizado “El dilema
de las redes” (2020) pone de manifiesto que estamos ante impresionantes
maquinarias de persuasión muy sofisticadas. Al respecto, el pasado 25 de marzo
de 2026, un jurado de Los Ángeles determino que Facebook, Instagram y YouTube tienen un diseño adictivo, por lo que son
responsable de la adicción de una joven que los demandó.
¿Podemos entonces pedir a los
adolescentes que ejerzan autocontrol frente a algoritmos diseñados para hackear
su sistema de dopamina? Estamos ante una asimetría radical “donde un cerebro en
desarrollo compite contra un superordenador que conoce sus debilidades” (La
Vanguardia, 2026). En verdad ¿elegimos lo que vemos y cuánto tiempo lo vemos? ¿Será
qué prohibir el acceso a niñas, niños y adolescentes hasta cumplir los 16 años,
como es el caso de Australia desde diciembre de 2025, está en la misma línea de
no permitirles conducir, apostar, fumar o tomar bebidas alcohólicas?
Al respecto José Ramón Ubieto nos
dice que no se trata de prohibir sino de regular. Aquí podemos recordar la
historia de la prohibición de tabaco en ciertos estados de los Estados Unidos,
entre 1890 y 1927. Puesto que fumar es muy placentero, como ahora lo son la
interacción con las pantallas. Lo que resultó de aquella prohibición fue el
contrabando, ventas clandestinas e incluso cierta forma de resistencia social. Claro,
la industria tabacalera –ahora las tecnológicas– tuvo que ver, pero eso no
quita el papel activo de los sujetos. Fue en 1964, tras darse a conocer las
consecuencias en la salud de los cigarros: desde problemas cardiacos hasta cáncer,
cuando comenzaron las regulaciones ante una población que fumaba en un 42%. Regulación
que logró reducir ese porcentaje a un 12% en 2021.
Así que prohibir, digamos en la
naturaleza pulsional de los seres humanos, sería una falsa solución. ¿Qué es lo
placentero de las redes sociales? Mirar, ser mirado, exhibirse y fisgonear,
insultar y ser humillado, nos dice Ubieto. Y nos recuerda que el sadismo, el
exhibicionismo, el voyeurimso y el masoquismo son pasiones humanas “pre-digitales.
¿Cuántas veces toca el celular en un día? ¿Cuántas veces presionamos
con el dedo o deslizamos la pantalla? Por eso nos recuerda Ubieto que las
pasiones humanas no son eliminables pero que si pueden limitarse sus efectos
nocivos.
Una de las virtudes escuelas y
docentes suficientemente buenos es saber
dar ritmos, regular los tiempos. Pues esos ritmos y regulación de tiempos para
las materias, el recreo, la actividad física, la comida, las formas de
convivencia, la toma de palabra, la escucha del otro, organizan la mente y el
cuerpo. Ya luego hablaremos de los vicios y extremos de esta regulación, cuando
ya no estamos ante escuelas y docentes suficientemente buenos, que reconocen la
alteridad y la diferencia.
Pero en esos ritmos que las
escuelas promueven, tiempos de prohibición están incluidos; es una forma de
regular. Pero no es ni la única medida, ni tampoco suficiente. Ahí hay pasos,
como señala Ubieto, para la alfabetización digital, no solo de competencias técnicas
sino de la guía de principios básicos: “siguiendo las buenas indicaciones de
Heidegger en su Serenidad. Principios válidos en lo analógico y que también
deben orientar nuestros usos digitales: privacidad, respeto, tolerancia,
diversidad. ¿Quién cuelga las fotos familiares en el balcón o va por la calle
insultando a su vecino o mostrando sin tapujos su racismo o misoginia con total
impunidad?” (Ubieto).
Guía que debe irradiar más allá
de las aulas, más allá de las pantallas. Porque la presencia, señala Ubieto, “sigue
siendo una condición de la vida humana fundamental para –más allá de las
conexiones– generar vínculos sólidos. Cuando se trata de niños y adolescentes,
aprender a conversar cara a cara es imprescindible".
¿Prohibir los celulares?
¿Prohibir redes sociales? o ¿confiar en el poder de la palabra y reconocer las
pasiones del ser humano? ¿O nos hemos rendido ante la maquinaria tecnológica y
el poder del algoritmo?
Psic. Mauro Cruz Martínez.
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