Hablar del trauma implica adentrarnos en un territorio donde convergen la historia personal, la violencia social y los límites de lo simbólico. En la obra de Freud, el concepto de trauma ocupa un lugar fundamental: se trata de una herencia de debates médicos de su época, pero que en el psicoanálisis adquiere un estatuto propiamente psíquico, transformándose en una herramienta central para comprender el sufrimiento humano.
Con el desarrollo del psicoanálisis, diversos autores han ampliado esta noción, orientando la práctica clínica contemporánea y la intervención en contextos sociales marcados por la violencia, la vulnerabilidad y la pérdida de sentido.
Rosaura Martínez Ruiz señala que “toda experiencia traumática exige comunicación y comprensión, sin que comprender implique justificación de los hechos, sino recuperación del sentido”. Se subraya así algo esencial: lo traumático no se reduce al hecho en sí, sino al modo en que invade la vida psíquica y, sobre todo, a la dificultad para inscribirlo en un relato que otorgue coherencia y agencia al sujeto.
Freud ya anticipaba algo similar en su conferencia “La fijación al trauma, lo inconciente”, donde plantea que muchos pacientes parecen “fijados a un fragmento de su pasado”, incapaces de emanciparse de él y, en consecuencia, enajenados del presente y del futuro. El trauma, entonces, actúa como un punto de detención de la vida psíquica, congelando la experiencia y obstaculizando la posibilidad de deseo.
Tras la Primera Guerra Mundial, al estudiar la neurosis traumática, Freud insistió en la importancia de la historia singular para comprender cómo un acontecimiento impacta subjetivamente. Como señala Leticia Flores Flores, no basta el hecho mismo: es necesaria su simbolización, su resignificación après-coup. El trauma no es solo lo que ocurrió, sino lo que no pudo decirse, lo que quedó sin elaboración.
En esta misma línea, Maud Mannoni advierte que el silencio prolonga el sufrimiento. Cuanto más pesa el silencio sobre el trauma, afirma, mayor es el precio que el sujeto paga en síntomas. Encontrar palabras —aunque sea una queja, un balbuceo— abre la vía para que fuerzas reparadoras entren en juego, permitiendo una autorización para vivir, para reconectar con el deseo y el placer.
Tal ha sido el alcance la herencia freudiana, que la misma Organización Mundial de la Salud, lo considera y al respecto dirá que "la vinolencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probables que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte”. Este marco ayuda a situar que el trauma no es una abstracción, sino una realidad social concreta atravesada por dinámicas de poder y por el impacto que otros —o el Estado— pueden tener sobre la vida psíquica.
Aunque Freud abandonó la llamada “teoría de la seducción”, diversos autores —como Sandra Leticia Berta— señalan que nunca renunció a situar el trauma en el centro de la escena analítica y en la propia estructura del inconsciente. El trauma permanece como un núcleo indispensable para comprender el malestar humano y la compleja relación entre experiencia, memoria e inconsciente.
Hablar de trauma hoy implica reconocer esta herencia freudiana, pero también la urgencia de escuchar las formas contemporáneas de dolor psíquico. Implica crear espacios donde lo indecible encuentre palabras, donde la historia pueda reescribirse y donde el sujeto, poco a poco, recupere agencia frente a lo vivido.
Psic. Mauro Cruz Mtz.
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