Por Psic. Mauro Cruz.
“Berlín” es la precuela de “La casa de papel”, serie que nos muestra la fantasía de robos perfectos. Pero además en cada personaje encontramos una historia-versión del amor. Una de ellas es Cameron (Begoña Vargas), quien es presentada como alguien que conduce al límite, que vive al límite, como adrenalina pura. La vemos conduciendo una moto, haciendo que esta separe la llanta delantera como si un caballo estuviera reparando y ella con el cabello al viento, que transmite una sensación de adrenalina y libertad. E inmediatamente se nos muestra internada en lo que parece ser un hospital psiquiátrico. Inevitable pensar en la locura.
Varios capítulos adelante, Cameron nos puede contar su versión del amor. Aunque ya ha dicho que su última relación ha sido la primera. Que desde entonces lo único que ve al relacionarse (liarse) con un hombre es su fecha de caducidad.
Roi (Julio Peña), que junto a Cameron participaban de la carrera, la acompaña en ese momento en donde la euforia decae. A él le cuenta que esa llama ha sido de su exnovio, el único que ha tendido en toda su vida. En un tono de nostalgia, lo describe como un hombre maravilloso. Cameron a sus 15 años estaba enloquecida por un grupo de música, como suele ocurrir a muchas adolescentes a esa edad. Escuchaba sus canciones, iba a sus conciertos, tenía posters en su cuarto, hasta que un día, en una firma de discos, no solo lo conoce sino que comienza a salir con él. Inician su historia de amor y ella se siente como “flotando”. Cameron cumplía con todos sus deberes para poder estar con él. Le mentía a su padre para poderse escapar e irse de viaje con él. Le escribe una canción “y cuando la tocaba en los conciertos y diez mil personas coreaban el tema, yo sabía que era para mí. (…) es como si vivieras en una canción. Y yo era una canción. Pero no me di cuenta de que una canción no dura más de tres minutos. Y ahí empezó la decadencia. Yo no podía estar ni cinco minutos sin él. Y él podía estar días enteros sin mí. Yo lo quería todo el tiempo. Cuando no lo tenía, iba como una adicta, que no quiere hacerlo, pero vuelve y vuelve por más.”
Con este asomo a su historia, no solo quisiera decir que hay quienes enloquecen por amor. Porque amor y locura han estado entrelazados a lo largo de la historia. Porque además la locura, que no es lo mismo que la psicosis, parece una condición de la existencia misma. Aunque es cierto que hay de locos a locos.
¿Por qué no puede Cameron estar ni cinco minutos sin el músico? Para ella estar enamorada es vivir en esa canción que le han escrito. Ella ya no era ella sino era la canción. Una canción que además era coreada por diez mil voces.
¿Cómo es que se elige al partenaire amoroso? Con Freud sabemos que la elección amorosa pasa por las vicisitudes del narcisismo. El Yo de cada sujeto tiene una conformación narcisista. Una de esas vicisitudes del narcisismo tiene que ver con el sentimiento de sí, que se enaltece cuando el Yo se siente amado y que decae cuando no lo está. Cada quien se ama a sí mismo en la medida en que se siente amado. Es decir, nos amamos a través de los otros. Amo al otro pero también me amo a través del otro. Como Cameron, que se siente correspondida y amada y en total plenitud cuando le escriben una canción que diez mil voces corean.
Pero lo que le sucede a Cameron es dentro de la misma relación, ella no puede estar ni cinco minutos sin él. Y se le hace insoportable que él si pueda pasar varios días sin verla. Por supuesto que no hay encuentro amoroso pleno. Sin embargo la posición que ocupa la adolescente Cameron en relación al amor es llamativa.
Estructuralmente hay sujetos que tras una desazón amorosa son capaces de retirar su amor (libido) del objeto amado para después depositarlos en alguien más. Pero también hay sujetos en quienes se observa una retracción libidinal para investir al propio Yo. En este último se trata de una libido narcisista que llega a implicar la construcción de un delirio.
Aunque hay otros elementos en juego, por ahora digamos que lo que se describe de Cameron en relación a su vínculo amoroso parece no caer en ninguna de estas dos operaciones libidinales. Podría parecer cercana a un estado de locura cuando no soporta estar ni cinco minutos sin su objeto de amor que le canta y la hace sentir en plenitud absoluta. Tan así que coge sus cosas para quemarlas y quema su casa misma.
Cameron misma nos dice que sus diagnósticos han sido “brote psicótico con ideas paranoides”, “episodios de disociación emocional” y “erotomanía”. Dos de los cuales implican la conformación del delirio. En lo que toca a la disociación emocional se relaciona a algún trauma en la infancia. Aquí lo que se propone es que se trata de la constitución misma del Yo y del narcisismo. Aunque no sepamos más de la historia de Cameron. Pero si sabemos de las situaciones de sufrimiento que se presenta en los tiempos actuales. Sufrimiento que tiene que ver con vínculos amorosos, donde el Yo de los sujetos no puede resignar, duelo mediante, su libido en otro objeto amoroso. Pero también donde no se trata propiamente de una psicosis. El conflicto psíquico es de otro orden.
Quizá estemos en el terreno de los inclasificables, de los llamados borde o incluso de estructuras melancólicas no psicóticas. Aunque si en el terreno de la locura, ese que hemos dicho es propia de la condición humana.
Sucede que algo que se representa en ese asomo a la historia de Cameron es la imposibilidad de estar sin la persona a la que se ama. No opera la alternancia de presencia y ausencia. Ella quiere más y más, como una adicta, nos dice. Es un Yo que no soporta verse incompleto, que pueda elaborar en la fantasía la expectativa del reencuentro. Así ocurre con jóvenes que consultan en la actualidad, que sin producir un delirio, manifiestan total sufrimiento ante la ausencia de la persona amada, la existencia misma, expresan y sienten, se les pone en riesgo.
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