Seguramente saben que se habla de una serie de fases o etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Esto ha sido propuesto desde la psiquiatría y retomado por la psicología en su esfuerzo por comprender y acompañar a las personas que han vivenciado una perdida. Ya se ha aprendido, pero es importante insistir en decirlo, que el duelo no es una patología. Incluso no pocas veces la gente pregunta si debe asistir inmediatamente al psiquiatra o con la psicóloga o psicólogo para tratar la tristeza y decaída que produce la muerte o una perdida. Y no pocas veces esto tiene que ver con las exigencias sociales y el modo de producción capitalista, para reponerse lo más pronto posible y retomar, como si nada hubiese pasado, las actividades escolares o laborales. En el mundo de hoy no hay tiempo para la muerte, ni para el duelo.
Sin embargo lo que sabemos es que un duelo es un trabajo psíquico en lo social, ante la pérdida (por muerte o separación) de un ser amado, de la salud (las capacidades sensoriales, cognitivas, enfermedades crónicas), el trabajo, la casa, el patrimonio, las amistades, la pareja, así como el paso por las diferentes etapas de la vida (infancia, adolescencia, juventud, adultez, vejez).
El fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, expresaba en su trabajo Duelo y Melancolía (publicado en 1917), que el trabajo psíquico del duelo consiste en poder resignar el objeto perdido y el dolor de la perdida para abrir la libido a una nueva búsqueda. Se entiende que el trabajo del duelo concluye una vez que nuestro yo y nuestra libido están desligados de ese objeto amado que se ha perdido, por tanto que están dispuestos a una nueva búsqueda, a su intercambio y sustitución. Esta fue, puede decirse, la expresión pública de Freud respecto al duelo. Sin embargo en el ámbito de lo íntimo, de lo privado, Freud vivía y expresaba una posición distinta.
En enero de 1920 muere su hija Sophie, en medio de un embarazo no deseado y a causa de una neumonía en el contexto de una pandemia de gripe que abatía al mundo. Freud le escribe a Oskar Pfister, para expresarle que la influenza les arrebató a su dulce Sophie, a pesar de su salud, a pesar de su vida plena, de ser buena madre y esposa, todo en cuestión de días, “como si nunca hubiera existido”. Y en el contexto de la pandemia ningún vienes podía viajar a Hamburgo. Así que Freud, como miles de personas recientemente, no pudo estar presente en los últimos momentos de la vida de su hija. Le fue arrebatada la posibilidad de la despedida. Devastado, pensaba que eso fue “un acto del destino brutal y sin sentido”, frente al cual “no se puede ni acusar ni cavilar, sino bajar la cabeza ante el golpe, como pobres seres humanos sin recursos con quienes juegan las potestades superiores”. Freud opta por refugiarse en su trabajo con la esperanza de que el alivio terminara por llegar.
Recién concluida la Primera Guerra Mundial, Freud estaba envuelto en el velo de la muerte. Pensaba en la suya propia, sobre todo si llegaba a morir antes que su madre. Pero también sobre la muerte de sus allegados. Una muerte también muy cercana, pocos días antes de la de su dulce Shopie, fue la de Anton von Freund, amigo y benefactor, así como secretario de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Sin olvidar que en 1919 su discípulo Víktor Tausk se había suicidado. Así como el que su nieto, hijo menor de Shopie, muere de una tuberculosis en 1923. Muerte, que de acuerdo a su biógrafo oficial, Ernest Jones, fue la única que le causó llanto. La muerte de su nieto algo mató en él. Quizá incluso algo más que el descubrimiento de su cáncer tres meses antes.
Sobre esta posición de Freud ante la muerte, finalmente diremos, que en el terreno de sus pérdidas, escribe en 1929 a Ludwig Binswanger, al enterarse de la muerte del hijo de éste último para decirle que “Se sabe que el duelo agudo después de una perdida como ésta llegará a su fin. Pero uno quedará sin consuelo, y nunca encontrara un sustituto. Todo aquello que se mueve a este lugar, aún si pudiera llenarlo por completo, permanece como algo diferente. Y en el fondo está bien que sea así. Es la única manera de continuar el amor que uno no quiere abandonar”.
Así que Freud en sus teorizaciones si llegó a proponer que el duelo podía quedar bien resuelto, al aceptar finalmente la pérdida del ser amado, con lo que nuestro Yo y libido queda libre y desinhibido para iniciar una nueva búsqueda, encontrar un sustituto. Sin embargo, y seguramente en relación al velo de muerte y perdidas que se suscitaron inmediatamente, justo llega a decir que finalmente uno queda sin consuelo y que en realidad no hay sustituto posible. Algo diferente acontece, aunque uno encuentre nuevos amores y nuevas alegrías, aun en medio de ese amor que uno no quiere ni puede abandonar.
Decíamos que Freud estuvo imposibilitado, por las restricciones de la pandemia, para llegar al lecho de muerte de su amada Shopie. Algo que indudablemente nos recuerda la muerte de miles de personas en la pandemia por COVID, que azotó a la humanidad (aún lo hace). Muerte de seres queridos sin posibilidad de brindar los ritos funerarios. Pero también sin la posibilidad de estar ahí, acompañando ese tránsito. Pero además está el hecho de que la muerte no es la misma para todos. Ni toda muerte puede ser entendida ni a todos los muertos se les puede llorar. Y en ello las desapariciones forzadas por criminales y por el Estado. Pero también por la época, como decíamos al principio. Porque hoy en día, sobre todo en ciudades y particularmente en las metrópolis, no hay tiempo para la muerte, ni espacio para el duelo. Los rituales desaparecen, se les hace desaparecer. Tema que ha sido denunciado, abordado y desarrollado por grandes pensadores. Quizá la situación de pandemia reciente lo puso más al descubierto. Sin embargo es algo que viene gestándose desde los tiempos en donde se necesita que la producción nunca pare.
El duelo es un trabajo psíquico por hacerse. Un trabajo en relación a nuestra historia, a nuestras posibilidades subjetivas, es decir, a nuestras maneras de afrontar las situaciones de muerte y pérdida. Quizá un trabajo que se vive en solitario pero que no es sin la relación con los otros, los rituales, con la desaparición de los rituales, con el no tiempo y no espacio para la muerte y el duelo, con las imposibilidades aún mayores que representa el no saber del destino de alguien a quien deseamos vivo, pero que terriblemente lo sabemos vivo-muerto. Lo patológico no es el duelo. Lo realmente terrible y enfermizo es lo que hacemos con la muerte y las perdidas, con el tiempo imposible para el duelo. Toda civilización entierra a sus muertos. Vivimos el colapso de lo civilizatorio. Faltamos a nuestra palabra para con nuestros muertos. Nos dividimos entre muertes dignas en ser lloradas y muertes que optamos por desconocer.
Mauro Cruz Mtz.
Psicoanalista & Psicólogo Social.
psimauro.cm@gmail.com

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