La juventud es muy joven, dirá la perogrullada, pues
surge hace menos de 200 años. El sociólogo Pierre Bourdieu también dirá que la
juventud no es más que una palabra, pues no está dada naturalmente. Detrás hay
cierta manipulación que ha hecho posible hablar de los jóvenes como de una
unidad social. Así pensamos que poseen intereses comunes por la edad que los
define biológicamente.
Pero justo la juventud es una forma de des-biologización
de los seres humanos, al desvincular la madurez fisiológica de la autosuficiencia.
Todo parece indicar que en el reino animal ninguno es joven. Los mamíferos
carnívoros transitan abruptamente, entre lo que podríamos llamar,
metafóricamente, sus juegos infantiles, es decir, del entrenamiento para la
caza a la necesidad de realizarlo por sí mismos para no morir de hambre.
Es totalmente valido decir que la juventud es una
construcción histórico-social. Hubo hijas de campesinos y de los primeros
obreros que un día jugaban con muñecas para inmediatamente tener entre sus
brazos a un bebé de carne y hueso. En los tiempos que corren seguimos
encontrando sociedades con rituales que marcan el tránsito de la niñez a la
edad adulta. No siempre es así en nuestra sociedad, en los contextos
inmediatos.
Como sociedad nos ha tocado ver en la adolescencia y la
juventud como el tiempo de llegar a ser. Ser maduros, expertos, sensatos,
prudentes, sabios. Creyendo que esos atributos es lo propio del adulto. Por
ello se afirma que es un estado pasajero, inacabado e imperfecto; es cosa de
jóvenes, escuchamos decir. Entonces los jóvenes están en el tiempo de la
formación y la preparación para llegar a ser algo. Pero también se les atribuye
significados como energía, fuerza, resistencia. Lo que paradójicamente; a
jóvenes que por su situación económica, grado de estudios y/o fenotipo; los
lleva a ser considerados y utilizados como mano de obra barata, no calificada y
fuerte.
Por diversas razones, quizás por algo de lo que aquí
decimos, muchos jóvenes de provincia, zonas periféricas de las grandes ciudades
o en situaciones de desventaja, buscan
insistentemente realizar estudios de nivel medio superior y universitarios.
Pues se ha inoculado la idea de que estudiar es la manera de hacer frente a la
situación de pobreza, de separarse de los márgenes para hacer algunos pasos
hacia el centro. Quizás también como un modo de conciencia del lugar que cada
quien ocupa en la sociedad. ¿Qué lugar ocupo? ¿Qué lugar deseo? Y ¿qué lugar
puedo ocupar? O a la manera de Leonardo da Vinci, que buscó versarse en todos
los ámbitos del conocimiento humano, queriendo con ello dar respuesta, como
todos lo hacemos a nuestra manera, a las vicisitudes de su infancia, a aquellos
primeros dramas amorosos y vinculares.
¡Algo de todo ello! Pero también habrá que reflexionar
sobre la realidad social de los jóvenes, sobre el enfrentamiento que sostienen
con los dispositivos de poder en donde se moldean sus aspiraciones. Por decirlo
así para hacernos acompañar de los planteamientos de Michel Foucault.
Realidad que tiene su impacto en el psiquismo de cada
uno, aunados a los conflictos propios de la mente. Convirtiéndose en reales
impedimentos para continuar los estudios y con consecuencias diversas. Además
de las ya naturalizadas dificultades económicas.
Ahí, seguramente, encontraremos cantidad de respuestas:
inhibición, frustración, violencia, autoagresión, depresión, adicciones,
incluso hasta el suicidio. Pero también las alternativas que saben generar:
nuevos caminos, otros vínculos, el arte, la reivindicación de la memoria y la
cultura. Esa contienda entre el imaginario radical y lo instituido, a decir de
Castoriadis.
Por Psic. Mauro Cruz Mtz
psimauro.cm@gmail.com
* Artículo publicado originalmente en OAXACA570.
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