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¿Por qué el Psicoanálisis? Algo de la experiencia personal.

Sin duda alguna por la experiencia muy particular que produjo el encuentro con una psicoanalista. La verdad es que el primer acercamiento a hablar sobre el sufrimiento y las dudas que la vida me planteaba, fue con una psicóloga que con un sólo gesto me hizo saber que ahí no sería posible seguir hablando y tampoco sería algo deseable.

Diría que fue un gesto de alguien a quien le interesaba genuinamente la psicología pero no la escucha del sufrimiento y que por tanto no buscaba o disponía de formas de tratamiento. Porque eso sí, la esencia es cómo se escucha y se trata el sufrimiento de los otros.

Sin embargo por su genuino interés por la psicología supo enviarme con una psicoanalista. La verdad es que no estoy seguro si sabía que se trataba de una posición y escucha psicoanalítica. Pero el resultado tuvo largos alcances.



Muchos años después me he confrontado con ciertos elitismos de los grupos psicoanalíticos. Grupos con prohibiciones en el terreno de la sexualidad y la política. Así como que el hecho de que no responden, o quizá no sepan cómo, cuando reciben críticas sobre el origen del psicoanálisis y la idea de que es solo una práctica burguesa. Mi impresión ha sido que estos grupos psicoanalíticos, no todos por supuesto, pero si muchos, no pueden entablar el diálogo y menos resisten a lo que sienten como pregunta incomodas.

Sin embargo esa sensación no es la que recuerdo con mi primera experiencia psicoanalítica. Ya en otros lugares he compartido mi descubrimiento de que esa primera experiencia fue un psicoanálisis. Descubrimiento que ocurrió mucho tiempo después. Cuando ya ciertos efectos se habían producido. Por ejemplo la elección de estudiar psicología y migrar a la más grande metrópoli del país: la Ciudad de México.

“Cura de conversación” (talking cure) fue como una joven de 21 años nombró a la cura psicoanalítica. Joven que pertenece a esa historia mítica que funda el psicoanálisis. Pero  a mi turno no podía conversar.

Quien se convertiría en mi psicoanalista estaba dispuesta a no rendirse. Se produjo otra forma de poner a circular la palabra. Yo escribía durante toda una semana y ella leía atentamente. Había un tiempo de silencio, el de la lectura, para luego dar lugar a algún señalamiento o una interpretación. El que más recuerdo, porque hasta parece una definición de lo inconciente más o menos decía así: “es que es algo que siempre he sabido”. Así estaba escrito, sólo que necesitaba de su lectura y su escucha para poder notarlo y para trasladar la palabra a otro registro, no sin abandonar la escritura.

Dialogamos, conversamos, platicamos, nos reímos, nos pusimos serios, solmenes, circulo la empatía, hablamos de las sexualidades, de la política. Filosofamos, interrogamos, nos interrogamos. Las dudas de lo íntimo y de las posiciones del ser tuvieron su espacio y su tiempo.

Lo que acontecía en ese espacio me dejaba pensando prácticamente la semana entera. Hasta un nuevo encuentro. Pero decir que me dejaba pensando es decir lo menos. Se movían afectos a través de escribir una historia. El trabajo en sesión y posterior a estas era arduo y hasta agotador. Se abría la posibilidad de reconocer el lugar y la ambivalencia que mi abuela, mi madre, un padre, incluso ya un amor, tenían en mi vida.

Semana tras semana, sesión tras sesión, viaje tras viaje, resistencia tras resistencia, quizá el goce y las formas de atemperarlo, producían alivio y desahogo, posibilitaban nuevas perspectivas, hacia posible la escritura de mí y nuestra historia y en muchos tramos una reescritura.

Intrigado e identificado, pero también agotado y con la intuición de poner un límite, porque una respuesta en concreto no se producía. Me acusaba y la acusaba. Acusaba a los otros, a la naturaleza, a dios.

Pero ya algo se había producido. Algo que se vuelve tan valioso cuando uno está perdido y cuando el sufrimiento nos rebasa. Algo así le decía: “es que he descubierto la posibilidad de pensar”. Porque eran tal las cosas que me había incapacitado para pensar.

Entonces una buena parte del mundo se transformaba. Eso también implicaba una propia transformación. El peso de los otros cayó tanto, que las dudas y el sufrimiento no solo estaban contenidos sino que eran tratables. Porque pensar hacia posible de una manera menos obsesiva o diferente a la obsesiva de tratar con el mundo y sus demonios; con los tormentos propios que nunca dejan de ser ajenos.

No sabía que era un psicoanálisis, pero ciertos registros como los sueños, ya ocupaban un lugar especial en la forma de entender la vida. Una vida con vínculos nunca solamente positivos. Pero una vida que no es posible sin esos otros, sin sus afectos, sin sus sueños, sus abandonos e incluso su hostilidad.

La respuesta llegó varios meses después de la última sesión frente a mi analista. Pero una respuesta donde sus artilugios de brujería estaban presentes, para además abrir las puertas a otros deseos y a otros tormentos.


Por Psic. Mauro Cruz Mtz.

psimauro.cm@gmail.com 

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