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Adolescentes en análisis: ¿Qué demanda el sufrimiento adolescente?

En su libro Púberes y adolescentes en el diván, el psicoanalista Alfredo Ygel plantea una serie de interrogantes esenciales sobre el trabajo clínico con adolescentes y jóvenes y la posición del analista frente a su sufrimiento. ¿Qué nos revela la demanda del adolescente cuando decide —o es enviado— a consulta? ¿Y qué implica para el analista escribir sobre esa experiencia?

El autor del libro nos dice que escribir sobre estas experiencias es por su deseo de compartir algunas ideas y experiencias acerca de la práctica psicoanalítica con púberes y adolescentes”. Lo que implica para los practicantes del psicoanálisis que recibimos púberes y adolescentes pensar y reflexionar sobre las propias experiencias. Al respecto nos dice que no se trata sólo de transmitir técnica, sino de compartir una posición ética frente al dolor psíquico que se presenta, acá lo digo yo en plural, en las adolescencias.

Uno de los principales aportes del primer capítulo del libro es la diferenciación entre dos tipos de demanda y dos posiciones del sujeto. Una demanda que  provienen del propio adolescente, interrogado por su síntoma, y aquellas que vienen del Otro social —padres, jueces, docentes— que buscan que el analista "corrija" o "adapte" lo que no encaja.

Estas demandas –nos dice el autor– no son las mismas que cuando el adolescente es enviado a un tratamiento por un juez, un docente o preceptor… En esas demandas, no son los jóvenes quienes piden nuestra intervención, sino el Otro social”.

La primera situación, donde es el adolescente quien demanda asistir al psicólogo o psicoanalista, permite una implicación subjetiva: el adolescente se pregunta por lo que le pasa, “¿Por qué me pasa lo que me pasa?”, dando lugar a la hipótesis del inconsciente y habilitando el trabajo analítico. En cambio, cuando la demanda no parte del sujeto, “quien demanda entonces no es el portador de la manifestación sintomática”, lo que obliga al analista a construir dispositivos que permitan el acceso al habla y al sentido. Y me pregunto, ¿cómo construimos esa posibilidad de trabajo psicoanalítico con adolescentes que no demandan nuestra intervención? Queda para otro momento el desarrollo, pero la respuesta apunta a la escucha genuina y al deseo del analista. Y el mismo Alfredo Ygel nos ofrece indicaciones al respecto.



Entre el síntoma y el acting out:

El autor describe manifestaciones diversas del sufrimiento adolescente: desde síntomas somáticos, trastornos alimentarios e inhibiciones, hasta conductas compulsivas, adicciones o actos delictivos. En muchos casos, estos signos emergen como gritos sin palabras, llamados que no siempre encuentran traducción simbólica. Y lo dice así:

Se hará entonces necesario montar dispositivos que por medio de intervenciones en lo real y lo imaginario pueda enlazar eso de lo simbólico que se encuentra desanudado.”

Es decir, cuando la palabra no circula, y lo simbólico está en crisis, el analista debe intervenir con sensibilidad y creatividad, sin forzar al joven a un lugar que aún no puede habitar. Y este señalamiento me parece esencial, aun y cuando no responde, quizá por eso mismo, a las demandas de los padres o la escuela. Pues apresurar que el adolescente ocupe cierto lugar para el cual aún no ha hecho los pasos es contraproducente.

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Una tesis central que propone el autor es que la subjetividad se estructura en tres vueltas: el Edipo en la infancia, el despertar sexual en la pubertad, y la resignificación en la adultez. Esta última permite al sujeto “asumir un lugar en el mundo”, desplegar su capacidad de amar y trabajar, y anudar amor, deseo y goce.

Lo real pulsional, nos dice el autor, viene a anudarse a lo imaginario y lo simbólico posibilitando la constitución de deseo, de amor, y de goce.

Así tenemos una primera conclusión: que la clínica psicoanalítica es una clínica de la escucha, no de la corrección.  He ahí la articulación entre la clínica y una postura ética: el analista no está para adaptar, corregir o normalizar, sino para alojar el sufrimiento del adolescente, del joven, sostener su pregunta, y acompañarlo en su tránsito hacia un decir propio.

Frente al apuro del Otro por silenciar lo que incomoda, Ygel nos recuerda que el psicoanálisis trabaja en otra lógica: la del deseo, no la de la urgencia social.

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Vale la pena decir, porque recientemente hemos estado citando el trabajo de Domenico Cosenza, que se entiende que es posible identificar una distinción entre los adolescentes actuales que pueden interrogarse por su malestar, de aquellos que no se interrogan sobre su conflicto psíquico, por tanto que no se interrogan por su dolor.

Pero, siguiendo al autor, la postura clínica y ética del psicoanálisis es la escucha, el alojamiento del sufrimiento, el poder acompañar y sostener, el poder interrogar, así lo pienso, el destino y, también, así lo considero, el poder mirar y hacerse un juicio sobre lo social.

 

Psic. Mauro Cruz Mtz.


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