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¿Cómo es que amamos?, ¿a quién amamos?

 

¿Cómo es que amamos?, ¿a quién amamos?, ¿cómo vivimos el amor? Y, en su caso, ¿cómo hacemos pareja? Estas preguntas, lejos de ser meramente románticas, atraviesan el núcleo mismo de la experiencia subjetiva.

Sigmund Freud en 1912 señaló que “todo ser humano, por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en su infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa, o sea, para las condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará, así como para las metas que habrá de fijarse”.



Unos años más tarde, en 1916, el mismo Freud, digamos, profundizo en esta idea al describir las precondiciones individuales para el enamoramiento y el origen del deseo. Ubicó este origen en el vínculo temprano con la madre, entendido como la primera relación íntima, el inicio de la vida sexual y el prototipo de las futuras satisfacciones sexuales y amorosas. Como él mismo señala: “no puedo darles una idea de la importancia de este primer objeto para todo hallazgo posterior de objeto, ni de los profundos efectos que, en sus mudanzas y sustituciones, sigue ejerciendo sobre los más distantes de nuestra vida anímica”.

Este primer objeto de amor —que suele ser la madre, aunque no necesariamente— deja una marca duradera en la vida psíquica del sujeto. Marca el modo en que amamos y a quién se ama. Esas formas prototípicas de amor tiene sus mudanzas y sustituciones, pero ese primer objeto –a decir de Freud– tiene efectos de largo alcance.

No sin olvidar las gramáticas sobre el amor que imperan en cada época. Al respecto siempre suelen promoverse modelos, ideales y discursos sobre que es amar y cómo vincularse. Entre la historia libidinal y las coordenadas sociales, el amor se constituye como una experiencia profundamente compleja.

*Psic. Mauro Cruz Mtz.*

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