Quiero compartirles algo de lo que nos dice el Dr. Fernando Pérez Galaz sobre la alimentación y la cultura, en particular sobre la comida como símbolo de seguridad y abundancia.
La comida no es solo comida. Para muchas familias la abundancia en la mesa es una respuesta directa al pasado, una forma de decirle a la vida: ya no me falta, ya no tengo miedo. Comer de más no siempre nace del placer, sino de la memoria. De ese miedo heredado a que mañana no alcance, a que el pan se acabe, a volver a pasar hambre.
La abundancia, entonces, se vuelve una celebración de supervivencia. Los platos rebosantes no son exceso gratuito: son un homenaje a quienes repartieron una hogaza para que todos comieran, a quienes crecieron sin zapatos, a quienes aprendieron que quedarse lleno era sinónimo de estar a salvo. Comer bien, comer mucho, se transforma en justicia, en revancha, en consuelo. La comida se vuelve una promesa cumplida: ahora sí puedo.
Pero también hay algo doloroso en esto. Porque esa abundancia que nace como protección puede convertirse en una carga silenciosa. El cuerpo empieza a contar una historia distinta respecto del exceso: hipertensión, diabetes, cansancio, tristeza. Y aun así, soltar el exceso duele, porque se siente como traicionar al niño que pasó carencias, como renunciar a la prueba tangible de que la pobreza quedó atrás.
Muchas veces no comemos por hambre, sino por memoria. Por miedo. Por lealtad al pasado. Por demostrar —a otros y a nosotros mismos— que ya no somos aquellos que no tenían nada. La comida se vuelve símbolo, escudo y revancha. Y cuestionar esa relación no es sencillo, porque implica preguntarnos si nuestra valía depende de cuánto podemos consumir o gastar.
Tal vez el verdadero reto no sea dejar de comer, sino aprender a reconciliarnos con nuestra historia sin seguir cobrando la factura con el cuerpo. Reconocer que sobrevivimos, que avanzamos, que ya no estamos ahí… y que hoy también merecemos cuidarnos, no solo llenarnos.
*Psic. Mauro Cruz Mtz.* Lecturas.
_Pérez Galaz, Fernando (2025). Cerebro hambriento. ¿Y si la obesidad no fuera una cuestión de voluntad? México: Panorama.
Comentarios
Publicar un comentario