Sigue predominando la tendencia a conceptualizar la depresión como un fenómeno estrictamente biológico y químico, como si se tratara únicamente de desbalances de neurotransmisores, alteraciones en circuitos cerebrales o predisposiciones genéticas. Este enfoque conlleva, de manera casi automática, un fuerte énfasis en su tratamiento farmacológico.
Sin embargo, se trata de un reduccionismo del fenómeno humano. La depresión, al ser tratada como un mero “fallo químico”, desconoce o incluso descarta las expresiones del conflicto psíquico: experiencias de pérdida, tensiones sociales o crisis de sentido, que constituyen dimensiones fundamentales de la vida interior. Como señala Darian Leader en La moda negra, la visión bioquímica de la depresión “ha venido a reemplazar al detallado estudio de la variedad de respuestas humanas a la pérdida y la decepción”.
¿Se ignoran entonces las experiencias subjetivas? Si bien las neurociencias estudian el cerebro y el sistema nervioso —cómo funcionan las neuronas y sus conexiones—, no deja de ser fundamental indagar en la experiencia de vida y social de cada sujeto. Desde la perspectiva psicoanalítica, los deseos inconscientes y la historia psíquica singular de cada persona son elementos centrales para comprender los estados depresivos profundos, tal como Leader enfatiza.
Cuando el abordaje se limita a la medicalización, se logra solo un alivio temporal de los síntomas sin tocar sus causas profundas. Este enfoque genera dependencia: individual, porque el paciente confía únicamente en el fármaco; institucional, porque los sistemas de salud privilegian tratamientos farmacológicos; y social, porque legitima una visión de la depresión que desvincula al individuo de sus relaciones, su historia y sus conflictos inconscientes.
Psic. Mauro Cruz Mtz.
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