Hablar de género en nuestro tiempo
incomoda, pero también ilumina. Y eso es justamente lo que Marta Lamas –antropóloga
y feminista– (2024) nos recuerda: que el género es uno de los aportes más
potentes del feminismo contemporáneo, porque nos obliga a mirar de frente
las desigualdades que siguen marcando la vida entre mujeres y hombres. El concepto
de género no es solo académico, se ha expandido hacia lo político, lo escolar, lo
artístico, lo popular. Como dice Lamas, el término “ha logrado permear
también los ámbitos oficiales, literarios y populares” (p. 185). Y eso,
lejos de trivializarlo, nos da una herramienta crítica para desarmar lo que
solemos naturalizar: la diferencia sexual.
Después de leer a Marta Lamas,
separar sexo de género ya no es opcional. El sexo puede ser biológico, pero el género
es “una simbolización que se hace de la diferencia anatómica, […] construida
culturalmente e internalizada en el psiquismo” (p. 186). Esa simbolización
funciona como un filtro —sí, como esos filtros de redes que nos modifican los
rasgos de la cara, solo que este modifica la forma en que interpretamos el
mundo—: un “filtro cultural […] con el que se constriñen los deseos, las
acciones, las oportunidades y las decisiones” (p 187). Y como si fuera
poco, aunque todas las sociedades comparten la sexuación biológica, sus
significados nunca son los mismos. La biología no se discute; lo que se
discute es lo que cada cultura hace con ella.
Marta Lamas nos lleva entonces por
un recorrido histórico fascinante: desde la famosa sentencia de Simone de
Beauvoir —“No se nace mujer, se llega a serlo” (p. 188)— hasta los
desarrollos psicomédicos de John Money y los Hampson, quienes acuñaron el
concepto de “rol de género”, entendido como “todo lo que una persona
dice y hace para mostrarse como niño u hombre, o niña o mujer” (p. 188).
Después entra en escena Robert Stoller, quien despeja cualquier duda afirmando
que “se puede hablar de la masculinidad y la feminidad sin hacer referencia
alguna a la anatomía o a la fisiología” (p. 188). Con eso, el terreno queda
listo para las grandes discusiones feministas.
Aparece entonces Gayle Rubin, quien
“definió el ‘sistema sexo/género’” (p. 189), es decir, el mecanismo
cultural que transforma lo biológico en significado. Y Joan W. Scott, quien
remata diciendo que el género es “una forma primaria de relaciones
significativas de poder” (p. 190).
No es una cuestión de gustos, ni de roles simpáticos: es poder, simbólico e institucional.
Luego llega la década de 1990 y
todo se desordena (para bien). Bourdieu aparece diciendo que el género es “lógica
cultural” y que los habitus masculinos y femeninos reproducen prácticas y
desigualdades hasta volverse “naturales”: pura dominación masculina, pero
versionada como sentido común (p. 190, 196). Y por si fuera poco, Judith Butler
irrumpe con dinamita filosófica al afirmar que el género es performativo, que “constituye
la identidad que se supone que uno es” (p. 191). Lo repetimos tanto —y tan
disciplinadamente— que parece estable, pero no lo es. Las normas se repiten, se
ajustan, se rehacen… y también pueden subvertirse.
Marta Lamas insiste en algo que no
siempre queremos admitir: el género es poder. Y por eso “ha sido
fundamental para investigar y abordar graves problemas sociales” (p. 198)
como la violencia, la desigualdad sexual o la descomposición del tejido social.
No son tragedias individuales: son efectos de prescripciones que se vuelven
naturales. Y como ella misma dice, “las ideas culturales sobre lo ‘propio de
las mujeres’… y lo ‘propio de los hombres’ estructuran la percepción y la
organización […] de toda la vida social” (p. 192).
Pero quizá el aporte más fino —y
más incómodo— de Lamas es psicoanalítico: el género no solo es cultura, no solo
es estructura, no solo es política. Es inconsciente e imaginario. Dirá
que “la identidad de género […] se estructura a partir de la manera en que
se elabora —de forma inconsciente e imaginaria— la diferencia sexual” (p.
195). Y eso convierte al género en un fenómeno que no podemos cambiar solo con
discursos progresistas: toca el deseo, el cuerpo, la subjetividad.
Finalmente, Lamas no se queda con
la idea cómoda de que “todo es género”. Siguiendo a Kimberlé Crenshaw y a
Leslie McCall, sostiene que las desigualdades son múltiples. Porque “toda
persona vive varias formas de opresión o discriminación” (p. 197). No basta
con género; hace falta interseccionalidad, es decir, hace falta pensar y cruzar
el concepto de género con la desigualdad de clase, la etnia, la edad y la
sexualidad.
El género es una provocación necesaria,
porque como nos dice Marta Lamas no es esencia, no es biología, no es solo
cultura: es un habitus simbólico y psíquico que organiza nuestra
experiencia del mundo. Comprenderlo implica romper con verdades heredadas,
revisar nuestros filtros internos y atrevernos a desnaturalizar lo que parece
“propio” de mujeres y hombres. Y sí, puede ser incómodo; pero justamente por
eso es tan urgente.
Por Psic. Mauro Cruz Mtz.
Referencia:
Lamas, Marta (2024). “Género”; en
Moreno, Hortensia y Alcántara, Eva (coordinadoras) (2024). Conceptos clave en
los estudios de género. México: UNAM-U-Tópicas. Pp. 185- 202.
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